Lucía Almagro Fernández, ganadora del III Concurso Literio Cervantum 

Antes de todo, me voy a presentar, porque si no, esta historia os podría desconcertar. Mis amigos y conocidos no necesitarían esto, ellos sabrían cómo me llamo, cuántos años tengo, dónde vivo y dónde estoy ahora.

Me llamo María Garrido, tengo 32 años, adoro escribir en mis ratos libres y vivo en la urbanización El Ancla. Para mí, esta urbanización es especial, es enorme y llena de pisos, tiene muchísimos jardines, la mayoría grandes, es como un laberinto, puedes relajarte mientras paseas alrededor de sus jardines, y tiene dos piscinas. Pero, de todo esto, mi lugar favorito de la urbanización, es “La Placita”. Los que vivimos aquí la llamamos así. Diréis: “¡Puaj! ¡Qué tontería! ¡Solo es una vulgar plaza!” No, pues no. No es para nada una plaza del montón, con sus típicos árboles pequeños, dos bancos solitarios diciendo a gritos: “¡Sentaos sobre mí!”, y su pequeña fuente en el centro. No. Podría escribir un libro entero de lo diferente y esencial que es La Placita, pero os lo voy a resumir.

Tiene bancos hechos de piedra, seguidos unos de otros, que cuando les da el sol, su piedra atrapa el calor y da gusto sentarse en las tardes de invierno. Está rodeada por pequeños jardines que constan de un naranjo y muchos arbustos de flores. En el centro de La Placita hay una estructura parecida a una fuente, llena de flores, es un espectáculo de colores cayendo lentamente hacia abajo, y lo mejor de todo es dónde está situada. Está en el centro de la urbanización, por lo tanto, las sombras de los edificios no oscurecen el lugar, esto provoca que le dé el sol todo el día. Hay un jardín enorme y muy espeso justo al lado, esto es beneficioso, porque allí viven muchos gorriones y periquitos que montan una orquesta con su piar y su revoloteo, para hacer todavía más mágico este lugar.

Ahora podéis saber cómo me llamo, cuántos años tengo, dónde vivo y dónde estoy. Y por supuesto, podéis adivinar qué estoy haciendo. Pues sí, pasearme por los jardines de esta encantadora urbanización para inspirar una nueva historia, para luego irme a La Placita y escribirla. Llevo veinte minutos dando vueltas y todavía no se me ha ocurrido nada. Tendré que buscar mi imaginación en otra parte, ¡ya sé! Puedo hacer una historia de un niño que ha perdido su extravagante imaginación y se recorre el mundo entero buscándola y sorteando las dificultades. Por esta misma razón me paseo por los jardines para buscar inspiración. Claro, no voy a desperdiciar esta gran oportunidad en la vida, así que desde hace unos años soy escritora. No soy una de las más famosas, pero he escrito muchas novelas de misteriosos asesinatos, de duendes mágicos e historias de aventuras. Yo controlo todos los temas.

Cambié el rumbo para dirigirme a La Placita. Como era por la mañana, la humedad seguía en el ambiente y los pájaros piaban cada vez con más fuerza.

Al terminar de escribir en mi pequeño cuaderno la historia, me di cuenta de que me había pasado toda la mañana allí sentada escribiendo. Me sentí muy satisfecha. Así que volví a casa. Empecé a cocinar una tortilla francesa, y cuando terminé, me senté a la mesa. Nada más terminar de comer, me dirigí a mi cuarto para pasar la historia a ordenador, pero cuando abrí el cuaderno empezaron a salir luces cegadoras y sonidos de seres extraños hablando. Reconocía esas voces. ¡Eran todos los personajes de cuentos que había creado! Todos y cada uno de ellos salieron de mi cuaderno y me dijeron un alegre ¡Hola! Les recibí con mucha alegría y les abracé a todos.

Todos los personajes que yo había creado, me explicaron que el cuaderno que sostenía en mi mano era mágico, y que todo lo que yo dibujase o escribiera en aquel cuaderno, se haría realidad. Les pregunté por qué salían ahora del cuaderno y no antes o después. La respuesta no me gustó nada. Estaban en peligro. Uno de los personajes que creé, intenta dominar el reino en el que viven todas las criaturas que estaban ahora en mi casa. Por eso habían venido. Para pedirme ayuda. Les ayudaría en cualquier cosa hasta el final. Me esperaba una nueva aventura.

Al terminar de hablar, los seres de mis cuentos me ofrecieron entrar en el cuaderno. Me quedé estupefacta. ¡¿Me iba a meter en mi propio cuaderno?! Sí. Tenía que hacerlo. Me deslicé lentamente metiendo la pierna primero, luego los brazos, y por último, el resto de mi cuerpo.

Cuando pude abrir los ojos, no creía lo que veían. Un reino de seres fantásticos mezclado con casas de duendes, de hadas, espías secretos… era increíble. Pero en el centro de toda esa belleza, estaba Gármador, y allí, donde estaba él, lo único que había eran gritos, dolor, destrucción… La Guerra de la Conquista. En el libro en el que aparecía Gármador, éste, tenía que conquistar un reino entero para vivir eternamente. En el cuento, Gármador era vencido, pero ahora sería más difícil. Sabía sus debilidades, pero tenía muchos más secuaces que en la historia original. Aunque, yo también tenía un ejército. Un ejército, de lo más fantástico.

Mi ejército consta de hadas, duendes, troles, espías, magos, asesinos profesionales, dragones, objetos que hablaban, el sol y la luna, las nubes, los cortillos (como habréis adivinado, son especies de poca altura), los espíritus de la laguna, un experto en armas, una chica que controla el agua y muchos duendes de los secretos que me ayudarían a saber los planes de Gármador.

Con todo esto, lo conseguiremos. Nada más llegar al reino, me dispuse a hacer un plan. Entre todos, decidimos que los duendes de los secretos se introdujeran en el castillo de magma, dieran una ronda por todo el castillo para saber sus planes, y volver al punto de encuentro.

Después de una hora, los duendes volvieron exhaustos al punto de encuentro. Nos contaron que Gármador planeaba atacar el Barrio de los Sueños al atardecer. Después de aquella información, ofrecieron muchas ideas para derrotar a Gármador. Pero ninguna de ellas me valía. No les había contado sus debilidades: le tenía pánico a los sacapuntas, tenía una tremenda alergia al olor de las flores, pero lo que más detestaba, lo que más odiaba en el mundo, era, la alegría. A este paso, le venceríamos enseguida.

El único problema que hay, es que es feísimo, da mucho miedo, y huele fatal. Y diréis: “¿Y eso que tiene que ver para no poder derrotarlo?” Pues que con todas estas cosas, es casi imposible ser feliz. Gármador se preparó bien. Usó la colonia más caducada y apestosa del mundo, se hizo cirugía estética con el peor esteticista del reino, y para colmo, cambió sus ojos a color rojo (no se sabe cómo) para dar más miedo y muchas más cosas.

El plan acabó así: las hadas cogerían de sus jardines todas las flores que pudieran y las traerían en cestas. Las cestas las esconderían por todo el castillo para provocar un fuerte olor de flores. Los espías secretos se introducirían en el castillo, e inmovilizarían todas sus defensas. Los duendes fabricarían miles de sacapuntas para extenderlos por el castillo. Y por último, entraríamos en la sala del trono con unas caras de felicidad deslumbrantes.

Y así hicimos. Gármador fue derrotado y los duendes comenzaron las obras, para  arreglar los desperfectos que había causado la guerra. Cuando llegó el momento de marcharme, no pude soportarlo y me puse a llorar. Me daba mucha pena dejar aquel mágico lugar, pero aun así me tuve que marchar.

Cuando llegué a casa, la historia que acababa de escribir, estaba terminada y encuadernada en un libro. Creo que mis amigos me habían hecho un regalo.

Próximamente se estrenará la Revista Talentum, con la publicación de los premiados así como de una gran muestra de las actividades y trabajos realizados durante el curso 19.20.

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